Manejo del enojo y rabietas de los hijos

Manejo del enojo y rabietas de los hijos

“La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor.” Proverbios 15:1

Cuando un niño grita, llora, se tira al suelo o responde con enojo, nuestra primera reacción puede ser corregir inmediatamente su conducta.

Pero antes de preguntarnos “¿Cómo hago para que deje de comportarse así?”, quizá deberíamos preguntarnos:

“¿Qué necesita aprender mi hijo en este momento?”

Nuestros hijos están aprendiendo a manejar emociones que muchas veces son demasiado grandes para las herramientas que todavía poseen.

Y allí tenemos una hermosa responsabilidad como padres: no solamente detener una rabieta, sino formar su corazón.

Podemos enseñarles que sentir enojo no los convierte en niños malos. La Biblia misma reconoce la existencia del enojo, pero nos enseña qué hacer con él:

“Airaos, pero no pequéis.” — Efesios 4:26

Podemos estar enojados sin golpear.
Podemos sentir frustración sin insultar.
Podemos estar decepcionados sin lastimar.

¿Cómo podemos acompañarlos?

Mantengamos la calma.
Si respondemos a sus gritos con nuestros propios gritos, difícilmente podremos enseñarles dominio propio. Antes de corregirlos, quizá nosotros también necesitemos pedirle a Dios sabiduría y paciencia.

Reconozcamos lo que sienten, pero mantengamos los límites.
Podemos decir: “Sé que estás enojado porque querías seguir jugando. Está bien sentirte enojado, pero no está bien golpear.”

Comprender una emoción no significa aprobar una mala conducta.

No intentemos enseñar grandes lecciones en medio de la tormenta.
Primero ayudémoslos a recuperar la calma. Después podremos conversar, orar juntos y enseñarles una manera diferente de responder.

Enseñémosles a expresar lo que sienten.
En lugar de gritar, pueden aprender a decir:

“Estoy enojado.”
“Eso me frustró.”
“Necesito ayuda.”
“Necesito un momento para calmarme.”

Y cuando todo haya pasado, podemos preguntar:

“¿Qué sentiste?”
“¿Qué podríamos hacer diferente la próxima vez?”
“¿Qué crees que agradaría a Dios en una situación así?”

Incluso podemos hacer una pequeña oración juntos:

“Señor Jesús, ayúdame a calmar mi corazón. Dame paciencia, dominio propio y palabras que no lastimen a los demás. Amén.”

Pero quizá la enseñanza más importante no será lo que les digamos…

será lo que vean en nosotros.

Nuestros hijos también observan cómo reaccionamos cuando alguien nos contradice, cuando estamos cansados, cuando algo sale mal o cuando perdemos la paciencia.

Por eso, enseñar dominio propio también significa estar dispuestos a decir: “Hijo, papá/mamá reaccionó mal. Perdóname. Yo también estoy aprendiendo a responder mejor.”

“El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza.” Gálatas 5:22-23

El objetivo no es criar hijos que nunca se enojen.

Es enseñarles que, aun cuando estén enojados, Dios puede ayudarles a gobernar sus palabras, sus acciones y sus decisiones.

Porque algún día nosotros no estaremos presentes para detener cada rabieta o resolver cada conflicto.

Pero nuestra oración es que quede dentro de ellos una voz que les recuerde:

“Puedo estar enojado sin lastimar. Puedo estar frustrado sin perder el control. Puedo detenerme, hablar con Dios y escoger una mejor respuesta.”

No estamos formando solamente el comportamiento de nuestros hijos. Estamos formando su carácter para la vida.

Kenneth Madriz

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